Región Centro

El populismo nos condena

Sección
Opinión
Fecha
29 de mayo de 2017

Néstor Vittori *

No hay destino para esta Argentina pobre, si no somos capaces de construir una moral pública, que destierre el engaño y la mentira del populismo, y comprometa a todos los sectores al respeto de reglas de juego que en la discrepancia, en la diversidad, en la pluralidad, excluyan el discurso facilista como camino para juntar voluntades.

Sin duda, Argentina sufre un proceso de estancamiento y retroceso económico, producto de la inestabilidad proyectiva de un enfoque que no termina de definir si somos un país capitalista, que respeta la propiedad privada, la inversión de riesgo, la seguridad jurídica mediante una justicia independiente, o es un país socialista populista que esmerila reiteradamente a la propiedad privada, que trampea a la inversión de riesgo y presiona a la Justicia para que se acondicione a los dictados del poder político de turno.

La constante de esta disyuntiva ha determinado una baja propensión a la inversión -salvo en el sector agroindustrial-, que se circunscribió a un sector privado cada vez más chico en comparación con un sector público que por default ha venido a sustituir como empleador a aquél, pero sin generar la riqueza necesaria para el crecimiento de la economía, produciendo un circulo vicioso de empobrecimiento y atraso.

Esta situación, que sin duda produce una enorme cantidad de reclamos insatisfechos muy heterogéneos por parte de distintos sectores de la sociedad, encuentra representación de distintas maneras y también es aprovechada por diferentes sectores que adquieren vigencia política con disímil desempeño electoral.

Esta cuestión no es nueva, y en todos los procesos de decadencia y reconstrucción han surgido fórmulas para homogeneizar la diversidad, construyendo así hegemonías más institucionalizadas o más personalizadas, en concepciones democráticas republicanas, monárquicas, o autoritarias, aristocráticas, corporativas, carismáticas o populistas.

Argentina, se ha desenvuelto en los últimos 70 años, entre democracias defectuosas de corte nacionalista populista, con mayor o menor apertura económica, y gobiernos militares autoritarios de claro corte fascista. Advertimos dentro de sus ciclos, mayor o menor tendencia estatista populista o mercadista liberal, pero siempre con una fuerte tendencia final hacia el crecimiento del Estado frente a la economía privada.

La grieta

Esta descripción, que encarna una realidad demostrada en todas las estadísticas de desempeño del país en el contexto comparativo internacional, entraña una condena a un peor futuro para las nuevas generaciones, a medida que vamos acumulando población sin un verdadero crecimiento económico.

El origen de esta situación es el desacople de la relación causal en la psicología social. A partir de un mensaje político que traduce todos esos reclamos frente a un enemigo elegido (por caso los ricos, o el poder de la economía concentrada, o los empresarios etc.) y sobre esos reclamos y esos enemigos, se sube una personalidad carismática, que divide las aguas entre el pueblo reclamante y esa oligarquía, aristocracia, plutocracia, o poder dominante, generando una brecha de odio y frustración en la se acaballa la lucha electoral.

La brecha, o la “grieta” funcionan como catalizador de la heterogeneidad construyendo un “relato” que en la división “amigo- enemigo” alinea sectores reclamantes que fuera del mismo tendrían grandes diferencias.

Al hegemonizar la heterogeneidad, poniendo la grieta en el medio como representativa de lo no querido, se condiciona a sí mismo y constriñe a una representación que no requiere -y aún rechaza- la racionalidad, para colocarse en un tobogán de satisfacción de los reclamos para conseguir adhesión.

Es un sí a todo, cargándolo a la cuenta del Estado, aún si éste no tiene los recursos necesarios, supliendo el déficit generado con una emisión descontrolada de dinero, quebrando la solvencia real, produciendo una inflación cada vez más salvaje, porque la masa de dinero disponible no se corresponde con la oferta de bienes a disposición de la gente.

El epílogo es conocido, hoy por ejemplo, es Venezuela. Y que lo arregle el gobierno que viene, que tenga que afrontar de una u otra manera el “ajuste” de los desastres producidos. De ese modo, al aplicar una restricción inevitable, vuelve a girar la rueda de los reclamos, que en su cada vez mayor miseria e incultura, es incapaz de reconocer los tiempos y las culpas de su insatisfacción.

Estos 70 años de gobiernos peronistas, o gobiernos no peronistas constreñidos y condicionados por el peronismo, y aún gobiernos militares, siempre acotados y embretados por el peronismo, Argentina ha sido una fábrica de pobres. Y peor aún, una fábrica de pobres que desconocen las causas de su pobreza, pero que es utilizada por su dirigencia para la más vil de las corrupciones, que es el aprovechamiento de la ignorancia y la incapacidad de esa pobreza, transformándola en tributaria de favores y engaños, a cambio del voto.

No hay destino para esta Argentina pobre, si no somos capaces de construir una moral pública, que destierre el engaño y la mentira del populismo, y comprometa a todos los sectores al respeto de reglas de juego que en la discrepancia, en la diversidad, en la pluralidad, excluyan el discurso facilista como camino para juntar voluntades.

No hay destino si no somos capaces de construir una moral política, que privilegie la verdad sobre el dolor y la necesidad, la educación sobre la tolerancia embrutecedora, la disciplina sobre “el vale todo” permisivo, el respeto a la autoridad sobre la anarquía complaciente y fundamentalmente la sustitución de la “grieta” por un proyecto común que una e identifique a una concepción nacional que admita la pluralidad, detrás de objetivos de grandeza, en lugar de una disputa entre clases sociales o de “pueblo” y elite, que son las bases dialécticas de los dos grandes autoritarismos modernos: comunismo y populismo, en sus distintas concreciones.

* El Litoral de Santa Fe

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